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El Lado Reves: Germán Orozco

Supo ponerse la camiseta celeste y blanca del seleccionado, participar de un Juego Olímpico, ser referente en Banade, su club de toda la vida, e integrar como kinesiólogo el cuerpo médico de Las Leonas y Los Leonas. Todos merecidos logros pero que no se comparan con las batallas que tuvo que ganar. Dejar atrás una rara enfermedad linfática y ser papá luego de que le hayan dicho que no iba a poder serlo. Germán Orozco es el protagonista de El Lado Reves.

Llegó al hockey porque su mamá preguntó en la secretaría de deportes de su club, BANADE, qué actividades había los miércoles y viernes para que pudiera descargar el resto de energías que le quedaban después de hacer fútbol y tenis los demás días de la semana.

Germán Orozco no soñaba con jugar en la Selección. Él soñaba con jugar, a lo que sea. Los deportes lo fascinaban y hacía correr a sus padres de un lado al otro el fin de semana para poder distribuir su pasión entre el polvo de ladrillo y la cancha de fútbol, hasta que finalmente se quedó sólo con el hockey. Fue a entrenar un miércoles con apenas seis años, y el entrenador lo llamó para jugar ese sábado. Algo le vio. Más tarde fue el turno de las escuelitas formativas de Buenos Aires, la capitanía del seleccionado regional, una convocatoria para el Junior, torneos internacionales, entrenamientos con Mayores y ahora sí, su sueño de jugar un Juego Olímpico alimentado por su gran rendimiento. Pero todo se desmoronó de golpe en 1999. Un inesperado invitado llamado Linfoma de Hodgkin, hermano del cáncer, que en realidad jamás nadie invitó a ninguna parte, se presentó en su vida.

- ¿Cómo y cuándo te enteraste de la enfermedad?

- Entrenábamos en Muni y estaba convocado Tomi Mac Cormik que vivía cerca de mi casa, así que nos turnábamos para ir en auto. Creo que fue un martes que me sentía mucho más cansado de lo normal. Nos fuimos a bañar a los vestuarios de paleta donde ahora se hace el tercer tiempo, y al otro día le tocaba a Tomi pasarme a buscar. Imaginate la locura de lo mal que me sentía que le dije: “Mañana no me vengas a buscar porque no voy a venir”. Desde el día anterior ya había decidido no entrenar con el seleccionado. Estaba loco.

- ¿Estabas asustado? 

- No, porque para mí era normal aunque me sentía demasiado cansado. Tenía 23 años y ya estaba estudiando kinesiología. Después del entrenamiento me bañaba y me iba la facultad directo, y además entrenaba a algún club para tener algo de plata, creía que era todo eso. A la noche en mi casa me agarró fiebre y al día siguiente también. Ya al tercer día que me agarró fiebre y me llevaron al médico a ver qué pasaba. Ahí fueron un par de semanas de incertidumbre, de no saber qué podía ser, de ir de un médico a otro. Hasta que a raíz de unos estudios que me hicieron, detectaron la enfermedad que tenía, un Linfoma de Hodgkin ubicado en los ganglios del mediastino.

- ¿Sabés el por qué de la enfermedad?

- No, le puede pasar a cualquiera.

Su voz empezó a quebrarse y sus ojos verdes comenzaron a enrojecerse. Se venía conteniendo la angustia que le generaba pasar de nuevo por ese momento, recordarlo todo con mínimos detalles.  Germán Orozco no llegó a los 40 y habla con cierta sabiduría, esa que te da el haber vivido un ratito en el limbo.

- ¿Cómo fue el momento en el que te dijeron que tenías la enfermedad?

-Estaba con mi vieja y mi viejo. (Se quiebra de nuevo, sus padres y esposa son motivos de emoción durante toda la entrevista).  Mis viejos siempre estuvieron atentos a lo que pasaba, como mi mujer, en ese momento mi novia, y mis amigos. Había uno que me acompañaba siempre, Diego. Es como que en su momento no fui muy consciente de todo lo que estaba viviendo. Ahora te ponés a buscar en Internet hasta un esguince de rodilla, antes no se podía. Quizás mis viejos eran los que más estaban con eso de la información. Fui a una hematóloga y empezamos a planificar el tratamiento y eran ocho meses de quimioterapia, con ciclos donde hacía una semana de quimio, descansaba otra semana porque las defensas me bajaban mucho, y otra semana que hacía vida normal. Yo no sé si fue porque estaba muy entrenado físicamente o qué, pero la quimioterapia no me hacía tanto daño. Salía de hacerme rayos y me iba a comer con mis amigos a algún lado”, completó la respuesta.

A los seis meses de tratamiento, Germán se sometió a un estudio que debía marcar 100 por ciento negativo para entender como exitoso el proceso. No sucedió. El número fue 95 y había que probar otra cosa: un autotransplante de médula.

“Fui al Fleming a ver a un oncólogo para saber cómo era lo del autotransplante. La primera pregunta que le hice al médico, con mi vieja y mi viejo al lado, fue ¿cuándo voy a poder volver a jugar? Esto fue en enero del 2000, yo me hice el autotransplante el 29 de febrero, un día atípico porque no está todos los años y es difícil festejarlo. En julio/agosto estaban los Juegos de Sidney y quería saber si iba a llegar a jugarlos. El tipo, durísimo, me dijo: “A lo sumo vas a llevar los bidones”, cuenta otra vez quebrado.

- ¿Le tenías miedo a algo?

- Una amiga mía de la infancia había tenido una enfermedad bastante parecida, no era lo mismo, era más tirando a la leucemia y sabía que ella después tuvo problemas en las caderas y no podía estar tanto tiempo expuesta al sol. Mi miedo nunca fue morirme, sino cómo iba  poder vivir después de esto. Sí, en el día a día, si iba a poder seguir haciendo deporte, no tal vez a ese nivel de selección pero por lo menos seguir jugando. Me dijeron que no iba a tener ninguna consecuencia con mi enfermedad, entonces el miedo se me fue. Hay muchas cosas que no me acuerdo. No sé si es producto de mi cabeza o de las drogas que me fueron metiendo en el cuerpo para ir eliminando las células malas. Pero la memoria se me borró, uno se quiere quedar con las cosas buenas y no con malo.

Estuvo internado en la clínica 21 días en total, de los cuales cree –no se acuerda bien- que aislado completamente por tener las defensas muy bajas pos trasplante pasó una semana, pero siempre estuvo consciente. A través de una persiana que él levantaba cada vez que quería ver hacia el exterior se comunicaba con quienes lo esperaban del otro lado del ventanal de su habitación. Si no, podía hacerlo también por teléfono.

- ¿Te podías levantar y mover dentro de tu habitación?

- Sí, fueron siete días eso, después yo ya podía salir, iba con todos los cables, daba la vueltita y volvía. Por momentos levantaba la persianita y había gente tirada durmiendo del otro lado esperando que yo dé señales. Terrible. Pero fue todo bien por suerte. Salimos de ahí y fuimos a hacer todos los controles diarios, después fue cada dos días, y se fue estirando todo. Hasta que un día el oncólogo me dijo: “Ya podés empezar a hacer actividad física”. Tenía 20 kilos de más por la quimioterapia y porque comía como un animal. De julio a mayo estuve inactivo.

- Y volviste a jugar nomás.

- Empecé a ir a los entrenamientos del Seleccionado, juntaba las bochas. Iba con el palo, hacía un pase, me sentaba a descansar. Hasta que más o menos me fui sintiendo cada vez mejor y empecé a entrenar en BANADE también. Justo en el club inauguraban la cancha y ese fue el primer partido que jugué.

Manolo Ruiz era el entrenador de Argentina en ese momento y aunque Germán no estaba en condiciones físicas para enfrentar el alto rendimiento, consideró que era importante para el grupo y decidió sumarlo igual a la lista de los elegidos para viajar a los Juegos Olímpicos de Sidney 2000. Para llegar a Australia, tuvieron que pasar por los Panamericanos de Winnipeg (del 23 de julio al 8 de agosto de 1999) a donde Orozco no pudo viajar por estar en tratamiento, pero había una bandera que rezaba: “Somos 17, Germán presente”. Una muestra de cariño que seguramente contribuyó para terminar de formar la idea del DT: realmente sumaba al equipo y era significativo para el plantel.

¿Qué fue Sidney para vos?

A nivel evento era tocar el cielo con las manos. A nivel deportivo no podía hacer demasiado, Todavía seguía gordo, no podía rendir para ese nivel de juego, entonces jugaba de a ratitos. Lo disfruté mucho igual.

Ya pasaron un poco más de 15 años desde que le descubrieron que tenía Linfoma de Hodgkin, y después de pasados los diez años de la enfermedad, no se requiere que se hagan más controles que los comunes y necesarios para cualquier persona. Hoy Germán disfruta de una vida totalmente plena.

¿En qué cambiaste después de la enfermedad?

Estoy mucho más sensible. ¿Se nota no? (se ríe con ganas por primera vez en la nota). Es que me demostraron quienes me querían de verdad en ese momento y esas cosas son las que más valoro. Es gente que hoy tengo conmigo, los padrinos de mis hijos no son tal vez los que conozco hace más años, pero sí los que estuvieron ahí.  Mi novia me decía que la echaba de la habitación a veces, y yo no tengo idea. Lo que me bancó es increíble, encima no sabía si iba a poder tener hijos, pero no podía no casarme con ella.

- ¿Te dijeron que no ibas a poder tener hijos?

- Sí, quizás en ese momento pasó a ser algo secundario. Vas creciendo y vas planificando otras cosas y empezamos con los tratamientos para ver si Ale quedaba embarazada. Pobre, se bancó todo. Yo digo que mis hijos son todos caros (se ríe) porque son por inseminación.  Yo no hice nada, sólo me sacaron y lo pusieron en un frezzer, pero ella puso el cuerpo.  Mis hijos son lo más grande que me pasó en la vida.

Juancito tiene siete y le paga con la misma moneda que él le pagaba a sus padres: juega rugby, hockey y fútbol, así que lo obliga a andar corriendo de un lado al otro. Matilde con cinco añitos todavía no se prende mucho más que a hacer algunos pases con los nenes de la escuelita los días que va su hermano.

Fue kinesiólogo de rugby del SIC varios años y, desde el 2014, Germán Orozco es el entrenador del plantel superior de BANADE, su amor de toda la vida. Y eso fue la base de un buen trabajo para que su club, que había descendido a la B, vuelva a la máxima categoría del hockey metropolitano a fines del año pasado.  Además, atiende su consultorio de kinesiología en Belgrano que fundó su padre con el que comparte profesión, y colabora con el cuerpo médico de Las Leonas. Los desafíos no lo asustan, lo potencian y este año tomará la posta de los seleccionados de caballeros Junior y Mayores de Buenos Aires. Lleno de actividades, asegura que todo lo consulta en casa, con su mujer, de quien se vuelve a enamorar cada vez que repasa cómo lo acompañó en la etapa más difícil de su vida.

- ¿Te preguntaste en algún momento por qué te había tocado a vos?

- Creo que esa pregunta se la hacen todos lo que pasan por algo así. Si nos quedamos con eso no podemos avanzar. El objetivo siempre está más allá de por qué a mí. ¿Y por qué no? Me pasó a mí, por qué le va a pasar al otro y no a mí. Yo tuve la suerte de nacer en una familia con mamá, papá y hermanos y hay otros que quizás no, y no me pregunté por qué a mí. Entonces no hay que hacerse tantas preguntas, hay que aceptarlo y superarlo.

Con ustedes, Germán Orozco. Un hombre al que se lo puede presentar de mil modos: ex jugador de la Selección Argentina, papá, kinesiólogo de equipos nacionales, entrenador, marido, ayudante de campo, amante de los deportes, sensible, amigo. Pero lo vamos a vestir con su mejor etiqueta: un luchador con mil sueños, que de a poco fue cumpliendo.



Por Sheila Shab, especial para Hockey Mobile y Reves.
En twitter: @sheishab