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Un córner corto en Swahili

En medio de un barrio carenciado de la ciudad de Thika, en Kenia, hay un equipo de hockey llamado "The Leopards" que surgió a través de un programa de voluntariado deportivo que llevaron a cabo dos chicas argentinas que tienen la solidaridad como premisa y el hockey como pasión. Conocé la historia de Clara, Florencia en Kenia, especial para Hockey Mobile.

*Por Florencia Grunfeld, voluntaria argentina en Kenia. Especial para Hockey Mobile

No importa si nunca vieron un partido, si saben las reglas básicas o si no tienen el calzado indicado. En ojotas, con diferentes zapatillas en cada pie, o hasta descalzos, se presentan con las mismas ganas y alegría día a día. Suena el timbre y ellos salen corriendo de sus aulas y se reúnen frente a la dirección para buscar los materiales y llevarlos hasta las afueras de la escuela, en un barrio carenciado de la ciudad de Thika, en Kenia. Por iniciativa de Clara Breccia, jugadora de Santa Bárbara, que viajó como voluntaria en julio del 2017, un grupo de más de 20 chicos y chicas desde hace 6 meses juegan al hockey en un país en el que el fútbol es el deporte más popular y donde aún ruedan las pelotas de trapo en cada recreo.

El calor se hace sentir, pero la mayoría de los alumnos de la escuela Kimuchu School (que alberga a más de 1200 alumnos) llevan sweaters verdes, parte del uniforme del establecimiento estatal más grande de la zona, y aunque el sol pegue de lleno en el árido suelo de Thika, ellos permanecen con su abrigo puesto. La tierra rojiza se levanta con cada push, y cuando sobre el final les toca jugar partido, por momentos, tapa toda la escena, dificultando la tarea del árbitro, que hace sonar el silbato e imagina un pie que desata todo tipo de protestas.

Decidirme a viajar me llevó no más de 20 minutos, lo que tardé en leer la historia de Clara y sentir que ese tenía que ser mi destino. Un llamado y un encuentro con ella me terminaron de convencer e ilusionar con viajar a continuar su trabajo en Kenia. Ser voluntaria fue tal vez la experiencia más gratificante de mi vida, y África, el lugar indicado para llevarlo adelante, porque las carencias y las duras realidades, son inversamente proporcionales con la amabilidad, la alegría, la educación y el cariño que cada persona te brinda en un continente cargado con una energía especial. Como voluntaria me tocó trabajar en un orfanato, cocinar, lavar, estar en un aula enseñándo los números en inglés o prepar en unos tuppers viejos la comida de 34 chicos que se peleaban por ver quien me abrazaba por más tiempo o quien llegaba primero a colgarse de mi cuello, maravillados por la presencia allí de una mzumbu*. Pero sin dudas lo que hizo especial mi experiencia fue poder llevar adelante las clases de hockey del equipo que Clara armó en su estadía con los mejores 20 jugadores de las clases de educación física.

Por la mañana mis tareas estaban asignadas en la clase de chicos con capacidades especiales, con trabajos de docencia que incluían enseñarles a leer, escribir, aprender los conceptos más básicos de matemática, y confeccionar artesanías locales buscando que al terminar el colegio tuviesen una salida laboral. A contra turno venía la mejor parte de mi día: las clases de hockey que me permitían compartir con ellos mi pasión por este deporte.

En Kenia el idioma oficial es el Sawhilli, popularizado por la película “El Rey León” y su famoso “Hakuna Matata”. Durante la etapa escolar los niños aprenden inglés, logrando una perfecta combinación entre el idioma local y el que les permite comunicarse con extranjeros. El predio de las afueras de la escuela era el asignado para dar las clases de hockey durante la última hora de escuela. De una amplia extensión, era un lugar de tránsito permanente, entre quienes entraban o salían del colegio, entre los adolescentes que se juntaban allí bajo la sombra de un árbol bajo y con poca arboleda pero que proveía de una sombra reparadora del calor, y a veces, era el lugar elegido por un amplio grupo de vacas flacas para tirarse a descansar, debiendo moverlas para comenzar a entrenar.

Lo primero que tenía que hacer un jugador de hockey del Kimachu era ponerse una pechera. Esa era la manera más fácil de identificar a los jugadores en el medio de una marea de curiosos que se acercaban al comienzo de cada clase. La entrada en calor tenía el desafío de esquivar a los más chiquitos que salían antes del colegio y se paseaban entre los palos, las bochas y miraban con admiración a ese grupo de chicos que practicaban un deporte nunca antes visto por ellos.


El primer desafío de ese grupo de jugadores fue encontrar una identidad. Una ronda de pocos minutos les permitió elegir un nombre: "The Leopards”, porque son rápidos y llenos de coraje. No pude evitar emocionarme en el momento en el que me llamaron a que entre en su ronda y me lo comunicaron. Tenía tres semanas por delante en Kenya y un objetivo claro: que adquieran hábitos y conductas que perduraran una vez que yo no estuviese. Con mi vuelta a Buenos Aires llegó un nuevo desafío, el de contar mi experiencia y contagiar a otros.

Arrancar los días bailando era parte de la rutina junto a los chicos de la clase especial y finalizar la jornada con un caminata de 10 cuadras acompañada por los integrantes de The Leopards hasta tomar la matatu** que me llevaba de vuelta a casa, otro de los momentos que me quedarán para siempre. Me preguntaban sobre mi país, si conocía a Messi (la referencia más grande que todos tienen cuando se menciona a Argentina) y el pedido de poder viajar conmigo y jugar al hockey en las canchas de césped sintético de las que yo les hablaba. Ese es un sueño compartido que ojalá algún día se pueda cumplir.

De repente un chico bajito, de sexto grado que podría pasar por uno de tercero, se pone la bocha en el derecho de palo, avanza dejando varios palos en el camino y con un push convierte el primer gol de un partido trabado. El equipo azul grita el gol y cada uno festeja de una manera diferente, saltando, corriendo y algunos improvisan unos bailecitos con el palo en una mano. Festejar cada conquista no se negocia y con el paso de los días los festejos fueron adquiriendo cada vez más originalidad.


A veces la emoción por ir a disputar una bocha hace que se olviden la postura correcta de las manos, otras veces dentro de la nube de polvo, usar el revés de palo es un recurso válido para sacar la pelota lejos. Saben que es poco el tiempo que tienen para aprender y perfeccionarse y se brindan con paciencia y atención para lograr hacer dribbling yo pasarse la bocha de push al derecho y sin picar.

No hay grandes edificaciones en la zona, el déficit habitacional es una de las problemáticas principales, sobre todo en cuanto al espacio que tiene cada familia y sus recursos naturales limitados, como el agua y los desagues cloacales. El camino de tierra hasta llegar a la escuela estaba siempre repleto de basura y los chanchos eran los únicos que salían beneficiados de ese mix entre restos de comida y agua estancada. ¿No hay chanchos en las calles de donde venís?, me preguntó una de las chicas que caminaba agarrada a mi brazo y se sorprendía por mi manera de mirar al puerco que con el hocico hundido en el lodo buscaba restos de frutas que un puesito había desechado.

El director de la escuela me llama a su despacho. Wilson es un hombre que merodea los 45, de baja estatuara y gestos amigables. En su adolescencia jugó al hockey y una vez terminadas sus tareas se acerca a presenciar las clases que lo trasladan a un pasado en el que supo desempeñarse como un hábil jugador. De mis charlas con él surgió la posibilidad de asignarles una maestra, y mi pedido fue que en el mientras tanto “The Leopards” siga divirtiéndose y disfrutando del hockey. El último día llevé adelante mi proyecto de autosuficiencia para que la actividad no se corte y nombré a tres capitanes que se ocuparían de guiar las clases. Les hablé de la responsabilidad que significaba ser referente y la importancia de conducir sin autoritarismo a sus pares. En una ronda recordamos cada una de las reglas que en conjunto establecimos en tres semanas: “No se puede golpear la bocha porque es peligroso, los entrenamientos empiezan y terminan con una ronda, los materiales hay que cuidarlos porque no se pueden reemplazar y cualquier jugador es bienvenido a formar parte del equipo”, entre otras. Todos firmaron y me prometieron cumplirlas y mostrarme que todo iba a seguir igual hasta mi regreso.

No se si podré volver pero me gustaría que otros siguieran mi camino, como yo hice con Clara. Como un cadena de favores sabiendo que en Kimuchu School están esperando otro voluntarios con los brazos abiertos. Me hace feliz saber que pude darles toda mi energía y mi pasión por el hockey, pero estoy segura de que nada se compara con todo lo que yo aprendí y me llevé de ellos.

Mi deseo es que el espíritu solidario se despierte y se contagie, que se llene de personas que tengan ganas de compartir su tiempo y salir de su zona de confort para brindarse a otros. Les aseguro que es toda una revolución interior y que al terminar el día, cuando cada uno apoye la cabeza en la almohada estará tranquilo de que con muy poco se puede hacer un mundo mejor. Y si es con un palo y una bocha, para mí será perfecto.

Muchas Gracias a todos los que me acompañaron durante mis tres semanas de voluntariado en Kenia, a quienes estuvieron siempre pendientes, y todos los que me escribieron pidiendome más información.

Muchas Gracias a Reves que me donó y mandó a Kenia palos, pecheras y bochas para poder llevar adelante las clases.

mzumbu* = mujer blanca
matatu**  = combi - transporte público



Más infirmación:
IVQH - La organización internacional por la que viajé a llevar adelante el voluntariado
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